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(å)

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Nocturna rapaz que espera el ocaso. El último pensamiento de esta vida –cuticitta– será el primero de la siguiente. Antes de morir, las plantas monocárpicas florecen, producen frutos y semillas que darán paso a una vida que empezará después de la suya. El agave amarillo, la puya titánica y la mayoría de los bambúes deben morir para que su especie permanezca. El mañana sólo llega cuando el hoy se acabe. Escucho tu vocalización: chirurrr-chirurrr-chirurr, me alejo del grupo para buscarte. La coloración de tu plumaje, pardo-grisáceo con manchas blancas, te hace difícil de encontrar; sólo tus ojos, cuando están abiertos, te delatan. Ver es una función recíproca; sólo es posible ver a quien te ve. Al igual que las monocárpicas, los dinosaurios arrojaron una semilla antes de extinguirse: el archaeopteryx, un género extinto de animales que existió durante el jurásico inferior, de tamaño parecidos al cuervo, y con características tanto de dinosaurio como de ave; el archaeopteryx fue el linaje que otorgó a los dinosaurios dominio del eje (z), dejaron de habitar la superficie terrestre usando sólo los ejes (x) y (y), y sumaron un tercero, es decir, la evolución de los dinosaurios en aves les permitió cambiar de dimensión. Tu camuflar no sólo se basa en tu coloración, también en tu dimensionalidad, no logro verte porque habitas una dimensión a la que sólo tengo acceso mediante la mecánica de mis cervicales: entre 40 y 60 grados de flexión y entre 45 y 70 de extensión. Dentro de la atmósfera terrestre sólo cuatro animales han logrado desplazarse por entre el eje (z). Los primeros en hacerlo, gracias a la densidad de la atmósfera paleozoica, fueron los insectos, siguieron los pterosaurios, luego las aves, y por último los murciélagos. Los homínidos nunca hemos tenido desplazamiento real en (z); la bipedalidad fue una adaptación que permitió aumentar nuestro rango de movilidad en dicho eje, y, después de tres millones de años, nos desplazamos en (z) –de forma parcial– mediante la aeronáutica y las tecnologías satelitales. Camino por entre (x) y (y) en dirección al lugar de donde creo proviene tu voz. Me detengo. Espero que una nueva vocalización te delate. Chirurrr-chirurrr-chirurr, cheevak-cheevak. Cuento el tiempo entre una y otra queriendo encontrar un patrón de frecuencia en tu reclamo. Chirurrr-chirurrr-chirurr, cheevak-cheevak. De entre todas las ondas conocidas, las sonoras son las que mejor viajan entre dimensiones. Psicofonía. Paracusia. Poltergeist. El dominio de un eje permite la comprensión total del eje anterior: al desplazarme en (x) no tengo conciencia plena de (x), sólo del fragmento de (x) en el que estoy; al incluir la (y) en mi desplazamiento obtengo visión panorámica de (x); habitar el eje (z) me posibilitará un total entendimiento de (x) y (y). Este principio foucaultiano de habitar (z) para controlar (x) y (y) resulta incompleto; lo interesante de dominar (z) es la posibilidad de acceder a un siguiente eje. ¿Qué eje sigue al (z)? La (z) representa el final, equivale al omega griego, ¿el siguiente eje deberá de ser (a) y asumir la dimensionalidad como un problema cíclico, o se debe inventar una letra para escapar de las limitaciones del lenguaje, o tal vez, acudir a una tradición alfabética distinta a la grecolatina para denominar al cuarto eje? Dentro de los abecedarios latinos, los escandinavos, después de la (z) colocan 3 letras más: (å), (ä) y (ö) en el caso del finés y sueco, y (æ), (ø) y (å) en el caso del noruego y danés; este colofón funciona como el módulo incompleto de la columna de Brancusi, que invita a continuarla hasta el infinito; así, a la siguiente vuelta del abecedario se le puede agregar un anillo, a la que sigue dos puntos, después una línea, o empezar a fusionar letras. Antes de pensar en acceder a (å), debo poder moverme en (z) para encontrarte. Una dimensión a la vez; después habitarlas todas. Sé que estás cerca. Recorro con la mirada cada rama de cada árbol. Trato de distinguir alguna hoja en movimiento. Nada. Únicamente el viento. Creo verte en la horcadura de dos ramas bajas de un eucalipto, entre las flores doradas de un roble plateado. Creo verte prolongando la punta del tronco de una teca seca. Sigo el vuelo de una mariposa, esperando que su aroma despierte en ti el apetito, abras los ojos para cazarla, y te descubras. Entre la bipedalidad del Australopithecus y el tele-control del eje (z) conquistado por el Homo technologicus, existe una estirpe de hombres capaces de desplazarse en vertical ascendente ydescendente, dominar por completo (x), (y) y (z), y con ello, acceder a voluntad a (å): los hombres extáticos o chamanes. Una de las funciones compartidas entre las diferentes tradiciones chamánicas es el “vuelo mágico”; según los buriatos, el chamán original fue un águila enviada por los dioses para procurar a los hombres, como águila y hombre no compartían lenguaje, el águila copuló con una mujer dormida bajo la sombra de un árbol, de esa unión nació el primer chaman. Águila real. Paloma blanca. Espíritu santo. Chamán siberiano. Los primeros chamanes terrestres no volaron siendo águilas, el dominio del eje (z) comenzó, hace 65 000 años, con los aborígenes australianos cabalgando a la serpiente arco iris; siguieron los bosquimanos, hace 27 000 años, que navegaban (z) ayudados de hilos de arañas, o transmutando en “ales”, gacelas saltarinas voladoras, llamadas así en la lengua ǃKung bosquimana. Fue hasta el año 17000 antes del presente, cuando un ser humano pudo convertirse en ave; el ritual exacto se desconoce, sólo se sabe que un hombre en pleno éxtasis sexual se inmoló, y al caer muerto, su rostro se emplumó, le creció el pico, su cabeza completa se avificó, acto seguido, revivió, se levantó, empezó a correr –a tomar vuelo–, dejando en su carrera primero una pierna, después la otra, para después, volar. Esta primer ornitotropía se encuentra representada en una pintura ubicada en la parte más profunda de las cuevas de Lascaux. El rito ascensional conocido, que convierte a un hombre en pájaro, compartido entre chamanes tunguses, buriátos, sibos, altáicos, yakutes, nanais, pomos, y nias, consiste en trepar álamos, bejucos, árboles de nueve ramas, de nueve peldaños, árboles cósmicos, árboles poste, columnas sin fin. Subo al árbol que me es más próximo. Me percho sobre una rama baja. Imagino a Mariam Baouardy en éxtasis ascensorial levitando sobre la copa de un árbol de limas, a José de Cupertino posado de rodillas en la rama cimera de un olivo. Te veo. Occidente en tu género y epíteto oriental: Athene brama, de nombre común: mochuelo brahmán. Un minúsculo movimiento de tu cuello me deja ver la forma de tu espalda. Observo como se hincha tu cuerpo al respirar. 24 veces por segundo. Acelero mi respiración para hacer que coincida con la tuya: Inhalas, inhalo. Exhalas, exhalo. Te miro fijamente. Busco la perpendicularidad de tu pupila para con la mía. Me ves. Inhalas, inhalo. Sin romper la reciprocidad de nuestra mirada, ni la sincronía de nuestra respiración, dirijo el visor de la cámara a mi ojo. Exhalas, exhalo. Escucho una ráfaga sonora con una frecuencia fundamental de 18 hercios que me paraliza: un rugido. Inhalas, inhalo. Siento un peso sobre mi espalda. Exhalas, exhalo. Siento una respiración sobre mi cuello. Inhalas, inhala, inhalo. Entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, en esta misma región, un sólo ejemplar mató a 436 personas, el rugido de la tigresa de Champawat es la voz que más muertes ha causado en la historia. A la tigresa de Champawat la mató Jimmy Corbett, yo moriré en la reserva para tigres de Bengala que creó Jimmy Corbett después de matar a algunos de los ejemplares más famosos del siglo XX, el tigre de Chowgarh, de Powalgarh, de Mohan, de Kanda y el tigre de Thak. Exhalas, exhala, exhalo. La mano que te hunde es la mano que te salva. Todo rito de iniciación requiere una muerte, un sacrificio, un despedazamiento. Dejarde ser lo que se es para ser lo que se será. Inhalas, inhala, inhalo. Las terminales nerviosas de los colmillos del tigre le permiten sentir mi presión sanguínea, sabrá el momento exacto de mi muerte. Exhalas, exhala, exhalo. Soy un hombre a punto de morir mirando un mochuelo brahmán. Inhalas, inhala, inhalo. Soy Phoebe Snetsinger, en Madagascar, viendo una vanga hombrorrojo, la última ave que veré en mi vida. Exhalas, exhala, exhalo. Soy un hombre a punto de morir mirando un mochuelo brahmán que me ve. Inhalas, inhala, inhalo. Soy Stuart Keith, en las Islas Chuuk, viendo una paloma perdiz de las Carolinas, la última ave que veré en mi vida. Exhalas, exhala, exhalo.

Soy un mochuelo brahmán mirando el cadáver de un hombre muerto por un tigre.