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Aurora

Autor: 
Aurora

(2016)

Estando parada frente a un lago, una garza levanta el cuello para abarcar con la mirada el mayor volumen de agua que le es posible observar. Yo, estando parado frente a la garza, permanezco inmóvil para fotografiar el momento justo en que con el pico atrape un pez. La garza gira el cuello para dirigir la mirada a una tilapia del Nilo que nada cerca de la orilla en busca de alimento. Intento acercarme sin moverme. En algún lugar a mi alrededor hay alguien que me observa observar la garza y en otro lugar hay una cámara de vigilancia que observa a quien me observa y el contenido de esa grabación es a su vez observado. Anádromo es el pez que desde el mar asciende por los ríos para desovar. Ascender como anádromo para saber hasta dónde llega el juego del observador observado. Varias expediciones anádromas han intentado encontrar el origen del Nilo: Plinio el Viejo lo ubicó en una montaña de la baja Mauritania; Speke y Burton en el lago Victoria; David Livingstone presintió que estaba más al sur y entregó su corazón para encontrar el origen del río en el que nadaron los ancestros de la tilapia que nada bajo la mirada de la garza que intento fotografiar. El Nilo no tiene origen, nace de la paradoja, del sudor de un animal que carece de glándulas sudoríparas: Smek, el dios cocodrilo. En 1651 Gian Lorenzo Bernini reconoció la imposibilidad de conocer el origen del Nilo y lo representó en la fuente de los cuatro ríos como un hombre con la cabeza cubierta por una tela. Yo, como la escultura de Bernini, me paro frente a la garza con la cabeza cubierta al no saber hasta dónde llegan mis observadores. ¿Por qué me observa ese que me observa? Siento su mirada que me transforma en tilapia. Sé que la garza sabe que la miro. Todos somos garza y tilapia a la vez. Los ojos amarillos de la garza reflejan en simultaneidad los tres tiempos de la tilapia: las trayectorias de sus movimientos pasados, su ser actual, y la predicción de sus trayectos futuros; también hay tres tiempos en el dedo que tengo colocado sobre el botón de disparo y tres tiempos en la mirada de mi observador. Para cazar, la bala debe bifurcarse y encontrar su blanco en los dos tiempos contiguos al ahora: pasado, futuro. El presente no existe, en el presente no existes. La última vez que te vi tenías la forma de una fardela de Bermudas, con la corona gris y el cuello gris y la parte superior de las alas también grises, era el año 1620 y hasta entonces se te podía encontrar en cualquier parte del archipiélago y precisamente por ello, por tu exceso de ser, navegantes y conquistadores hicieron de ti su alimento. Te cazaron hasta hacerte desaparecer. Fuiste la primer víctima del Triángulo de las Bermudas. Pasaron los años, nadie te volvió a ver, tu nombre se inscribió en el catálogo de especies extintas. En junio de 1935 el faro de San David alumbró tu regreso; 315 años después de haber desaparecido, tu cuerpo se encontró tirado, sin vida, tras haber chocado contra el faro. Mantén tus velas ardiendo, haz su camino brillante y puro, que va a seguir regresando siempre y para siempre. Existes, no existes. En 1941 se te volvió a encontrar tirada, sin vida, ahora tras haber chocado contra una antena de radio. Existes, no existes. Finalmente el 27 de enero de 1951 apareciste con vida, un joven bermudeño encontró catorce fardelas en un islote rocoso cercano a Castle Harbour: Existes. Hay un fenómeno paleontológico conocido como taxón Lázaro que sucede cuando una especie desaparece, deja de haber registro de su existencia, se le considera extinta, luego, aparece. Su ausencia puede ser breve, diez años como el porrón malgache, o prolongarse y desaparecer 100 años como el perico nocturno, 315 como la fardela de las Bermudas, 500 como el lagarto gigante de La Palma, o varios millones de años como el monito del monte o la rata de roca laosiana a los que nadie vio durante 11 millones de años. ¿Cómo saber cuando algo deja de existir? La mirada de la garza permanece fija en las trayectorias de la tilapia. Su campo visual abarca 320º, puede ver el cielo y el infierno en simultaneidad, mirar la tilapia y mirarme a mí y reflejar en su ojo a quien me mira. 40º escapan al campo visual de la garza. Desaparecer es colocarme allí, en su nuca, acceder al lóbulo occipital, no por la vista sino por contacto. Desaparecer es habitar sus pensamientos. La garza continúa inmóvil, me sabe cerca, tensa el cuerpo, la mitad de sus músculos se preparan para cazar, la otra mitad para volar. ¿Desaparecer o permanecer? Desaparecer es escapar a un aparato perceptivo. Cambiar de frecuencia. Si se ha estado, se está siempre. En un día húmedo con brisas ligeras y temperatura entre 10 y 20 grados Celsius un cérvido puede detectar con el olfato la presencia de un humano a una distancia de poco más de 800 metros. Para desaparecer del aparato perceptivo del ciervo, el cazador debe camuflar su olor, cambiar la frecuencia en que vibran las moléculas olfativas que lo componen, ya sea frotando su cuerpo con las hojas de un pino, cubriéndose de gardenias o bañándose con la orina de otro ciervo. Desaparecer es vibrar en fase. Aparecer es vibrar en simpatía. El caballero de la fe de Kierkegaard es el juez que celebra el matrimonio entre cielo y el infierno, se mueve de lo finito a lo infinito y de lo infinito a lo finito para expandir su percepción. La fe es una percepción dilatada que ve lo que le es dado y más. Soy un herrerillo común. Mi primer canto matinal clausura el coro crepuscular. Mi canto me inventa, me hace ser y ser es peligrar. Sólo canto cuando mi percepción me permite reconocer el entorno, cuando sé que podré escapar al ataque de un arrendajo o un gavilán. El diámetro de mis ojos crece. Mis pupilas se expanden. Mi visión aumenta. Mi canto se apresura. Ahora soy un mirlo negro que canta con la aurora. Cada aparato perceptivo supone un despertar. Mis ojos continúan creciendo. La oscuridad de mis pupilas los abarcan por completo. Puedo ver la noche. Me he transformado en un colirrojo real que canta antes del amanecer. El mundo aparece primero para el aparato perceptivo más sofisticado. El mundo no desaparece nunca para el aparato perceptivo total. ¿Dios? Dios eterno. Su Ser no permite conjugación. Dios uniperceptual. El universo que habitamos es perceptualmente más complejo que la eternidad ya que admite la variable tiempo. Abraham, Cristo, Buda, Mahoma, son portales entre dos dimensiones perceptuales. La fe de Dios lo hace aparecer en nuestra dimensión perceptual. Mi fe me conduce en dirección contraria a Él. Aparecer en otra dimensión. Seremos dioses para la inteligencia artificial que está siendo creada. Padre vuestro. Aleluya. Ultra-Infra-Hiperperceptibilidad. Spiderman, Birdman, Wolverine. Minotauros, Gorgonas, Quimeras. Chamanes, naguales, o un simple amador al que el amor duplica: su percepción mixta los inicia en el caballerato de la fe. La garza estira el cuello, lo dobla, se inclina y arremete contra el agua desencadenando una serie de acciones que empiezan en el obturador de mi cámara y continúan vertiginosamente hasta plegarse sobre sí mismas y una tilapia del Nilo devore un ajolote neonato al tiempo que es cazado por una garza blanca. Cada acción da origen y fin al universo.

La cabeza de la garza sale del agua con la tilapia zarandeándose en su pico. Oprime la mandíbula para terminar de dar muerte a su presa. Levanta el cuello y al momento de engullirla, una gaviota pasa y roba el pez a la garza. Un cocodrilo aprovecha la confusión y destaza a la garza con sus dientes. Ya no hay pez, ni garza. Ambas dejaron de existir ante mis ojos, como yo dejo de existir ante tus ojos.

Una paloma inca se eleva como en rapto.