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El rostro del tótem / a propósito de Wolf Totem de Jean Jaques Annaud

El rostro del tótem / a propósito de Wolf Totem de Jean Jaques Annaud

“Tras ser acorralados y saber su sentencia,
los dos lobos deciden suicidarse.
El primero decide aventarse del risco más alto de la pradera y
el segundo, escondido en una minúscula cueva, decide sepultarse vivo.
–¡más vale matarse que ser despellejado!–
concluye el cazador. “

Como sabemos las ideologías modernas acaecidas en occidente y consecuentemente globales fueron ante todo un fracaso que hoy pagamos con violencia y muerte. Dos paradigmas, cuya pretensión universal acabaron por ser emblema y cumbre de la modernidad, fueron sin duda el comunismo y el hoy llamado capitalismo triunfante, ambos ávidos de esperanzas utópicas dejaron ver inmediatamente que su cosecha más inmediata fue la del exterminio clasista, racial y ecológico. Toda especie, principalmente la del ser humano es sentenciada a desaparecer en pro de algo abstracto que bautizamos como Progreso. Sin embargo esta abstracción conlleva a otra la cual se supone benefactora y por ende sustento de legitimación jurídica ante el mundo, esta abstracción subsecuente es la denominada Sociedad. Es así como la trampa de la ley cobra todas sus creces, pues si la tendencia del progreso es el exterminio, ¿qué es aquello que nombramos como bien a la sentenciada a priori y así llamada Sociedad?

El exterminio como potencia (ideológica) de producción a generado su ganancia a base de creer en sí mismo, es decir, la rentabilidad del llamado Bien Social radica en la fe del mismo. Y como buenos creyentes, somos hoy en día holocausto de esa fe, cual omnipresencia hace de nuestro mundo su más noble y fiel apóstol.

Pero, ¿qué es de ese mundo inmolado, cuya virtud única es creer en las facultades del bien productivo? pareciese que mientras la vida se autodegrada y mutila existe una prevalencia de hacer, o producir, el bien en tanto capital. Sin embargo el autoengaño no abarca la subjetividad de todas las especies. Ellas inevitablemente carecen de complacencia moral, pues el autoengaño no le es facultado, saben de ante mano la funcionalidad del mundo en tanto mundo, no en tanto idea de mundo. En ellas se concentra el rostro, los rostros, del mundo. La responsabilidad es hacia ellas como lo es ante nosotros en tanto especie natural, su sacrificio al carecer de legitimidad ante el mundo natural, es la violencia desbordada que transgrede el orden general de la materia, la experiencia de ésta se interrumpe negando el crecimiento y la reproducción de sus agentes, prevaleciendo el puro exceso de su desvanecimiento. ¿Qué dicen ellas de su exterminio, de su dislocación cíclica y feroz sometimiento? ¿qué abstracción supone el Bien Social como legitimador del exterminio ecológico, que no es más que el exterminio metafísico del mundo? ¿No acaso toda política posible es insuficiente, por no decir ridícula, ante este caudal mortuorio? Lo único legítimo es autodesvanecerse para asegurar el exterminio, pero de la potencia ideológica que desgasta y esteriliza la materia. El llamamiento del rostro ajeno a nuestra especie dicta nuestra misión: “más vale matarse que ser despellejado”.