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Notas de un errático sin nombre / Posible descripción

Notas de un errático sin nombre / II Posible descripción

II

Esta ciudad es un núcleo que se despliega en espacios horizontales y tiempos verticales. Cariátides y Atlantes son testigos inertes de un flujo orgánico y contradictorio. Rio de cuerpos sin dirección precisa y constante desgaste, un deterioro tan lento e imperceptible que pareciera nunca acabar. Tal vez una inundación prolongada, o una profecía casi bíblica.  –“Esta ciudad no volverá a poblarse jamás”– * sentencia un viejo y decrépito sirviente militar de la corona.

La ficción es lo más real que esta ciudad puede asimilar. La urbe abigarrada de distensiones históricas desarticulan las relaciones afectivas de sus habitantes, siempre errantes. En esta ciudad la propiedad es un concepto sin sentido, no hay residencia alguna para el errante, pues éste es consiente de que tan sólo es un grano de arena de un desierto sin mapa, todo le es ajeno a la vez que todo sujeta.

En esta ciudad parece haber sólo testigos de memoria tarda, cargando entre hombros reliquias y vestigios, casi escombros, de vidas y muertes pétreas. Todos testigos geológicos de sangre hecha petróleo, de-ambulantes de aquí para allá. Cantores de boca condenada, satíricos de risas ansiosas, son máscaras hechas planta, hechas animal, hechas santo. No hay líneas que separen la miseria del placer, aquí todo intercambio comercial se traduce en religiosidad y sentido, apologías de la existencia de estos seres.

Esta ciudad es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla… **

*En 1629, el día de San Mateo, sobrevinieron lluvias que se prolongaron por 36 horas. El ingeniero Enrico Martínez tomó la decisión de cegar la entrada del canal, para evitar que las aguas destruyeran las obras. Fue una decisión funesta: el 22 de septiembre, un torrente bajó por los montes: la ciudad amaneció sepultada bajo un metro y medio de agua. Más de 30 mil personas murieron. Las frágiles casas de los indios quedaron deshechas en unas horas. Españoles y criollos se refugiaron en los pisos altos. Era el principio de un desastre que marcó a una generación entera. Los sobrevivientes iniciaron una evacuación masiva.

Sólo 2% de la población se quedó en la ciudad. La única forma de desplazarse era en canoa. Los frailes celebraban misa en las azoteas de los conventos, y la gente los escuchaba —desde sus azoteas— “en medio de lágrimas, sollozos y lamentos”.

Las reservas de maíz y harina se arruinaron. Comenzaron los saqueos en las residencias abandonadas. El pueblo, obligado a beber agua contaminada, fue víctima de enfermedades. Una epidemia diezmó a los indios que habían quedado con vida.

El agua no bajó. Se pensó hacer una asamblea abierta a todos los ciudadanos para examinar proyectos posibles de desagüe. Se creyó que en la memoria de los indios podía existir un método olvidado, y se ofreció una recompensa de 100 mil pesos a quien lo entregara. El mito de que existía en Pantitlán un desagüe azteca secreto, hizo que una comisión, infructuosamente, se lanzara a buscarlo.

“Esta ciudad no volverá a poblarse jamás”, escribió Gonzalo de Córdoba.

** Jorge Luis Borges, El Inmortal, 1957.