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Senderos / La adoración a la imagen sagrada

Senderos / La adoración a la imagen sagrada

Documentalistas: Hemos llegado al final del recorrido de los peregrinos: su llegada a la basílica de la virgen de San Juan de los Lagos para adorarla. ¿Pero qué es esta adoración? ¿Cómo pensar aquello que es el fin de este largo viaje, que apertura hay hacía el ser?

Jean-Luc Nancy: La adoración es el movimiento y la alegría de reconocernos a nosotros mismos como existentes en el mundo. Es aquello que está dirigido a lo que es inaccesible. Claramente lo sabemos. Lo sabemos y lo olvidamos. Sin duda es su naturaleza ser olvidado: un saber que puede ser conservado, archivado en un documento o grabado como una memoria. Si hubiera una memoria o un documento, no hablaríamos más sobre lo inaccesible, pero ya no podría tampoco dirección, ya no podría haber este tipo de enfoque, o proximidad o inclusive intimidad con lo inaccesible. Podríamos inclusive decir: ya no habría acceso a lo inaccesible.

Escepticismo: ¿Acaso no es esta adoración una forma de idolatría? Debemos de pensar que es una imagen, cuál es su propósito, qué puede ser representado y que no. Una imagen es una cosa y lo que representa otra, y ciertamente hay una diferencia entre ambas, ya que no son idénticas. Lo representado, en la medida que es inmaterial y divino, es por definición carente de imagen.

La imagen disimula no porque pretenda ser lo que no es, sino porque no guarda semejanza con lo que manifiesta. Es una apariencia, no una semejanza con lo divino. Confundir esta apariencia con la realidad que se manifiesta como oculta es caer en una trampa. Dios no puede aparecer como algo, sino sólo a través de alguna realidad externa como aquello que permanece velado, sin imagen.

Documentalistas: Es cierto que la imagen no nos proporciona un conocimiento directo de lo que representa, pero en cambio nos permite ver que lo representado está escondido. La función primaria de la imagen es ofrecernos algo para ver a través de esta. Las imágenes nos dan algo a ver a través de ellas, tienen la capacidad de dirigir nuestra vista hacia lo divino, hacia un fondo invisible. Hay que distinguir los iconos de las imágenes idólatras sobre la base de que los primeros se abren a un más allá que de otra manera permanecería invisible. Estas imágenes iluminan la relación del hombre con lo divino en toda su intimidad, mientras se mantiene la oscuridad privilegiada de la divinidad.

El problema de la imagen es particularmente agudo, ya que concierne profundamente a la cuestión de Dios mismo, quien sin su imagen permanecería oculto, desconocido para siempre, excepto para sí mismo. Sin imagen, no es capaz de crear criaturas según su imagen. La imagen es lo que humaniza lo divino, de otra manera la distancia que existe entre Dios y el hombre sería infranqueable.

Psicoanálisis: ¿Pero por qué realizar el sacrificio que implica una peregrinación para la adoración de una imagen divina? En lo más elemental, el sacrificio se basa en la noción de intercambio: le ofrezco a Dios algo que es precioso para mi en orden para recibir de Él otra cosa que es aún es más vital para mi. El siguiente significado es concebir el sacrificio como un gesto que no busca un intercambio beneficioso con Dios: su propósito más básico es asegurarse de que Dios simplemente existe, independientemente de que sea capaz o no de responder a nuestras súplicas. Inclusive si Dios no concede mi deseo, al menos puedo asegurar que hay un Dios que, tal vez, la próxima vez responda de manera distinta: el mundo allá afuera, inclusive en todas las catástrofes que puedan caer sobre mi, no es una máquina ciega sin significado, sino un compañero en un dialogo posible, así que inclusive un resultado catastrófico debe ser leído como una respuesta llena de significado, no como un reino de azar ciego. En lo más elemental, el hombre no ofrece su sacrificio para beneficiarse de él, sino para negar la impotencia de Dios, para sostener la apariencia de su omnipotencia.

Más que implicar la aceptación de nuestras faltas, el sacrificio es la manera más refinada de negarlas actuando como si efectivamente poseyéramos el tesoro oculto que me hace un objeto valioso del amor de Dios. Los peregrinos no cambian su vida después de una peregrinación, si no que hay una economía perversa en su sacrificio: peregrinan para poder seguir pecando sin pagar el precio de sus faltas.

Jean-Luc Nancy: El adorador se tiene a sí mismo dentro de una dirección que viene a él de otro lugar que una imposición de poder y que va a otro lugar que a través del homenaje al poderoso y la búsqueda de favores. Su dirección es ya una respuesta, y este responde ni al orden ni a una autoridad. Su canto no busca una redención: es el habla que de alguna forma responde solo a sí mismo: a su propia abertura, a la posibilidad dada en el lenguaje de ir a los límites de la significación y tan lejos como el silencio, inclusive más lejos que el silencio, tan lejos como una canción, como música. Lo cuál es decir, va hacía lo que sostiene el presente abierto, infinitamente abierto a una venida cuyo ningún presente o presencia puede contener y por esa razón está constantemente retornando. Qué es la música sino el eterno retorno al principio y al fin, del uno en el otro, el retorno de lo eterno como tal, lo cuál es decir, como lo que abre y suspende el tiempo. Cantar es orar dos veces: la segunda vez alza una plegaria más allá de cualquier demanda o expectativa.

Es la adoración la que sostiene al adorador y no al revés. Esta consiste en un ímpetu que no mide nada de manera jerárquica. Es anárquica y para dejarse llevar, levantada por algo tendido más allá de cualquier medida, cualquier distribución de roles. No es otra cosa que el movimiento de estar cantando que viene de la garganta y los labios sin ninguna razón, de la nada, en una cadencia incierta, en una tonada que todavía le falta una melodía precisa, y en un emisor que es separado de una voz formada y hablante.

Esta canción sería sostenida y estirada entre la llena, trabajada forma de oratorio y lo sin forma de el zumbido, cuyo nombre nos lleva de vuelta al balbuceo e inclusive hasta el piar de los pájaros y el tintineo de las cigarras. El murmullo y tartamudez de la celebración de una invocación, de una exclamación que viene de un antes del lenguaje y que va más allá de este. Un saludo sin salvación, que saluda a la existencia, un extraño a la oposición entre lo salvado y lo condenado. El mundo saludándose a si mismo, por vía de toda la naturaleza hasta la humanidad y su tecnología, engendrado por la naturaleza para llegar al fin de su creación: un saber como realizar lo imposible, lo inconmensurable y lo infinito -la revelación que el mundo no está ahí para quedarse ahí, establecido en sí mismo, sino por el contrario en orden para abrir este “ahí” hacía lo que no es escuchado, exaltado o catastrófico, con un distanciamiento monstruoso o sublime. Una única venida estremecida, peligrosa pero resuelta, que también es la venida de la canción en sí misma.


Bibliografía:

Copjec, Jean. El futuro de la imagen en la Iglesia y el Estado moderno en “El compacto sexual”

Damasco, Juan de. Three Treatises on the Divine Image

Nancy, Jean-Luc. Adoration. The deconstruction of christianity, 2

Zizek, Slavoj. Death´s Merciless Love en http://www.lacan.com/zizek-love.htm