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Senderos/El dilema espectral

Senderos/El dilema espectral

Quentin Meillassoux: Un espectro es una persona muerta cuyo luto no ha sido apropiadamente realizado, que nos persigue, rechazando pasar al “otro lado”. Una persona muerta que las obras del luto, el paso del tiempo, prueban ser inadecuados para un lazo tranquilo entre los muertos y los vivos. Los espectros esenciales son aquellos que tuvieron muertes que atestiguan la injusticia de este mundo. No hay sombras necesarias que declaran su venganza, sino sombras que lloran más allá de toda venganza. Quién sea que comete la imprudencia de prestar oído a su llamado se arriesga a pasar el resto de su vida escuchando sus gritos.

Un luto esencial es el logro de una viva, en vez de mórbida, relación de los sobrevivientes de estas muertes terribles. El luto esencial asume la posibilidad de formar un lazo vigilante con estos muertos que no nos empuja hacía el miedo sin esperanza, sino que por el contrario, activamente inserta su memoria en el tejido de nuestra existencia. Lograr un luto esencial significaría vivir con espectros esenciales, no morir con ellos. Hacer estos espectros vivir más que convertirlos, al escuchar sus gritos, la mera sombra de un ser viviente.

¿Es posible, después de que en la historia del siglo XX fue dominada por muertes terribles, vivir una relación no mórbida con los muertos? A primera vista, nos encontramos a nosotros mismos obligados a responder negativamente, ya que es imposible vislumbrar si nos referimos a la alternativa general que la relación con los muertos parece admitir. Esta alternativa es simplemente que o Dios existe o no existe.

Creyente: Yo puedo esperar reconciliarme con mi propia mortandad, pero no con aquellas muertes terribles. Es el terror de confrontar estas muertes pasadas, irremediablemente pasadas, no mi fin por venir, lo que me hace creer en Dios. Ciertamente, si mi desaparición, por algún azar, tiene que ser terrible, entonces moriré esperando para mi mismo lo que espero para los espectros. Sin embargo, yo no soy más que un espectro en potencia. Puedo ser rigurosamente ateista para mi mismo, puedo rechazar creer en la inmortalidad, pero no lo puedo hacer para ellos, ya que la idea que toda justicia es imposible para los inumerables espectros del pasado me corroe hasta los huesos, de tal forma que ya no puedo soportar la vida. Ciertamente son los vivos que necesitan ayuda, no los muertos; pero creo que ayudar a los vivos solo puede proceder dando alguna esperanza para la justicia de los muertos. El ateo puede negarlo: por mi parte si debo de renunciar a esto, no podría vivir. Debo esperar algo para los muertos, o la vida es en vano. Este algo es otra vida, otra oportunidad para vivir.

Ateo: Veamos de cerca lo que le puedes prometer a los muertos. Esperas justicia en el otro mundo, ¿pero en que consistiría? Sería justicia bajo el auspicio de un Dios que ha dejado que se cometan los peores actos, en el caso de muertes criminales, o que las ha cometido él mismo, en el caso de muertes naturales. Llamas justo, e inclusive bueno, a ese Dios. Pero que pensarías de esto: la promesa de vivir eternamente bajo el régimen de un ser llamado justo y amoroso, que sin embargo ha dejado que hombres, mujeres y niños mueran en las peores circunstancias; que inclusive ha infligido directamente dichas desgracias. E inclusive esto, dice este Dios, como una marca de su infinito, y por lo tanto misterioso e insondable amor por las criaturas que aflige. Vivir bajo el régimen de un ser tan perverso, que corrompe lo más noble -el amor y la justicia- con sus prácticas odiosas: ¿no es acaso esto una buena definición del infierno? ¿Dices que en la desorientadora presencia de este Dios voy a entender la infinita naturaleza amorosa de su actitud frente a sus criaturas? Sólo tienes éxito en exacerbar la pesadilla que prometes: puesto que supones que este ser tiene el poder de transformarme espiritualmente de forma tan radical como para hacerme amar a quién permite que estas atrocidades ocurran. Esta es una promesa de una muerte espiritual infinitamente peor que una mera muerte corporal: en la presencia de Dios, dejaré de amar el Bien, ya que Él tendría el poder de hacerme amar el Mal como si fuera el Bien. Si Dios existe, la salida de los muertos es agravada hasta el infinito: su muerte corporal es redoblada en su muerte espiritual. A este infierno que tu deseas para ellos, yo prefiero, tanto para mi como para ellos, la nada, lo que los dejará en paz y conservarán su dignidad, en vez de ponerlos a la merced de la omnipotencia de tu Demiurgo despiadado.

Quentin Meillassoux: Ninguna de estas dos posiciones resuelve el dilema espectral, solo una posición ni religiosa ni atea, podrá extraerse de la doble desesperación inherentes a sus alternativas ¿Cómo pensar un vínculo entre los vivos y los muertos que se extraiga a si mismo de la doble desesperación del ateo y el creyente religioso?

Resolver el dilema viene de hacer pensable la declaración conjugando la posible resurrección de los muertos y la inexistencia de Dios. Estos dos elementos se puede sintetizar de la siguiente manera: Dios ya no existe. Esa declaración formula una tesis que llamaremos la divina inexistencia. En primera instancia esto significa la inexistencia del Dios religioso, pero también del Dios metafísico, supuesto como el actualmente existente Creador o Principio del mundo. Pero la divina inexistencia también significa el carácter divino de la inexistencia: en otras palabras, enuncia la posibilidad de un Dios aún por venir que tenga el poder de darle a los espectros otra cosa que su muerte.

Este Dios traerá un Mundo de justicia universal, un Mundo donde los humanos adquieren inmortalidad, la única vida digna de su condición. El Mundo de la materia, el Mundo de la vida, el Mundo del pensamiento, el Mundo de la justicia: cuatro ordenes, de los cuáles tres ya han aparecido, con el cuarto capaz de tomar lugar y ya existente como una esperanza, como el deseo de todo ser humano siendo un ser racional. El Mundo de justicia debe de ser visto como el objeto de deseo atravesado por la razón, o como un lugar donde la vida es cristalizado por el pensamiento de lo eterno. Sólo el Mundo de justicia donde el renacimiento de los humanos hace la justicia universal posible, borrando inclusive la injusticia de vidas destrozadas.

No es una cuestión de un concepto exorbitante de justicia, sino solo dar una exposición precisa de su desmesura, ya que la justicia es solo una extravagancia hacía el mundo presente por el que la condición humana es especificada. La justicia solo puede sobrevivir como una idea de reparar la existencia y sus males, no le debemos a los muertos nada menos. Cuando el requerimiento de justicia nos asfixia, también convoca nuestro rechazo de la injusticia por las muertes, por muertes ancestrales o recientes, por muertes sabidas o desconocidas, ya que lo universal es universal solo cuando no hace excepciones.

Aquello a lo que los humanos aspiran, aquello que desean, eso que los ha hecho sufrir por siglos a través de una extraña labor que inclusive les confiere una energía que a veces inclusive llegar a ser violenta, es dar a luz a un Dios así como la materia le da nacimiento a la vida y la vida al pensamiento. Somos los posibles ancestros de Dios en vez de sus criaturas, y sufrimos porque, a diferencia del animal, que no sabe la posible humanidad de su devenir, nosotros sabemos la posible divinidad del nuestro. Cargamos a Dios en nuestros vientres, y nuestra inquietud no es otra cosa que las convulsiones de un niño por venir.


Bibliografía:

Meillassoux, Quentin. La divina inexistencia

Meillassoux, Quentin. El dilema espectral