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Una ojeada a las instrucciones de los babuinos pringosos. Tercera parte

Una ojeada a las instrucciones de los babuinos pringosos. Tercera parte

Por las tardes yo lo podía ver. Siempre estaba en ese cuarto solito y no quería salir. No podía hablar… por eso no iba a la escuela.  Un día quise jugar con él cuando éramos más niños, pero no hablaba ni jugaba… con nadie. Su tío vende libros. Una vez escuché a mi abuela decir que Osmar estaba enfermo y que sus papás habían desaparecido al poco tiempo que nació… decían que eran desplazados.  

Parecía que no escuchaba nada, siempre callado, dibujando sobre las paredes o haciendo casitas de cartón en el cuartico. Solo su tío vivía con él. Había muchos libros por todas partes. Entraba y salía a venderlos o compraba más. Un día él me regaló varios cuentos de animalitos y peces para colorear. Yo prefería dibujarlos de color azul porque no conocía el mar. Dicen que el mar no termina nunca, pero no les creo.

Osmar a veces me daba miedo, porque desde mi ventana puedo ver su luz prendida y escuchar sus murmullos. A veces por las noches se asoma por la ventana, pero me escondo y me envuelvo en las cortinas girando.

Lo veía por las tardes haciendo casitas, castillos, luego edificios y sin que nadie le enseñara fue haciéndolos más bonitos. A veces me ponía brava porque yo no podía hacer casitas tan lindas como él. Su tío le traía muchos tipos de cartón que Osmar cortaba y daba forma a cada edificio o casa. Sin saber nada, las hacia cada vez mejores y fueron creciendo hasta hacer ciudades enteras. Su tío le hacia unas largas mesas de madera para que el pudiera hacer sus ciudades, porque iban creciendo. El no dejaba de hacerlas… era lo único que sabía hacer. Por eso ya no me ponía brava con él. Mamá   me explico que eso era lo único que iba a hacer ya, porque ni leer podía...

Varias personas buscaban al tío de Osmar para comprar libros o venderle otros. Me gustaba llevarlos hasta la entrada y tocar la puerta. Me gustaba, porque podía salir de la cocina y jugar un poco. Cuando abrían la puerta, nos abría el tío pero nunca Osmar. Muchas personas llegaban a preguntar por libros, títulos que no había en las otras librerías. Venían señores y jóvenes, algunos muy juiciosos. Me contaban sobre el libro que buscaban. Hasta hace poco, un joven buscaba un libro que ya otros han buscado “Noches de ciudad roja” algo así. Un día llevé a un señor hasta la puerta y el tío nos abrió, siempre me dejaba entrar y me regalaba algo, un libro o chocolatinas. Me esperaba para ver si podía ver a Osmar pero su puerta siempre estaba cerrada. Ese día vi como su tío saco el libro de la Ciudad Roja de un librero, tenia varios ejemplares, repetidos. Decía que era un saldo que canjeó… y nos presumía que el sélo tenía ese título en todo Bogotá, nadie más, porque el los tenía todos.

Las ciudades de Osmar fueron haciéndose más grande cada vez, no cabían ya, eran ciudades dentro de ciudades. Las pintaba de colores que nunca había visto… como el color de los peces, brilloso.  

Un día llovió muchísimo y el agua se metió por todas las casas, por todos lados. Osmar y su tío pusieron todas las mesas juntas para proteger las ciudades del agua, yo los ayudé a mover los libreros llenos de libros. Al verlas todas juntas parecían mundos sacados de la mente de Osmar, cada ciudad tenía una vida propia, llenas de detalles, edificios de todos los tamaños, los cuales no eran muy altos, pero cada edificación habría una serie distinta y cada serie se distinguía de la otra. Cada edificación se transformaba y variaba, hasta disolverse. Parecía que la ciudad cambiaba o tenía vida propia. Nadie se había dado cuenta de lo que estaba haciendo Osmar, sólo yo me daba cuenta de  que esas ciudades tenían vida y querían decir algo.

Sobre las paredes había cinco palabras escritas: Tamaghis, Ba´dan, Yas-Waddah, Nafauna y Ghadis. Nunca había escuchado esas palabras y no eran ciudades colombianas, tampoco mexicanas.