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XII

Autor: 
XII. Peter Weiss

[…]

Sade.-

Míralos ahí, Marat,

a los que disfrutaban de los bienes terrestres,

y mira cómo saben tornar su derrota en triunfo.

Frustrados hoy en día en sus placeres

el patíbulo los libera de un eterno fastidio

y con júbilo suben hacia su propia muerte

como si subieran a una especie de trono.

¿No es esto el colmo de la corrupción? ¿Qué piensas?

XII 

COLOQUIO SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE

Vuelve la calma al fondo de la escena. Las hermanas murmuran una breve letanía.

Marat.-

(Se dirige a Sade por encima de la plataforma, ahora desierta)

Yo leí una vez en Sade

(en uno de los escritos inmortales)

que el principio de toda vida está en la muerte.

Sade.-

Y esa muerte sólo existe en la imaginación;

somos nosotros los que tenemos esa idea.

La Naturaleza no la conoce.

Hasta la más cruel de todas las muertes o catástrofes

se borra en la indiferencia absoluta de la Naturaleza.

Sólo nosotros damos a esta vida cierta importancia.

La Naturaleza podría asistir sin inmutarse

al exterminio de la raza humana.

Yo odio la Naturaleza.

Quiero vencerla.

Quiero combatirla con sus propias armas

y hacerla caer en esas mismas trampas que nos tiende.

(Se levanta)

Esa mirada fría, esa cara de hielo

a la que no conmueve nada,

que puede sufrir todo,

nos procura la audacia de ir cada vez más lejos.

(Recuperando con dificultad el aliento)

¿Por qué no se ha ido siempre

hasta el fin de ese principio natural

según el cual el débil está a merced del fuerte?

¿Y por qué no volver

contra ella la fuerza de nuestros privilegios

en la infamia perpétua y la alegría del mal?

¿Porque no impulsar las experiencias

en el laboratorio

mucho antes de llegar al suplicio final irremediable?

Vuelvo a ver ahora mismo la ejecución de aquel Damiens

después de su fallido atentado contra el difunto rey Luis XV,

y veo que la guillotina es una muerte dulce

a lado de las torturas que él sufrió

durante cuatro horas para la honesta distracción del pueblo;

mientras que Casanova y su amante detrás de las ventanas

saboreaban aquel espectáculo

y él metía la mano debajo de sus faldas.

(Su mirada se vuelve hacia la tribuna de Coulmier)

Le abrieron el pecho, los brazos y los muslos

y le echaron plomo derretido en las heridas,

lo regaron con aceite hirviendo y pez ardiente,

con cera y con azufre;

le asaron una mano sobre el fuego

y le ataron los miembros con cordeles;

lo sujetaron a cuatro caballos los cuales, bajo el látigo,

durante una hora lo arrastraron;

y como no eran muy expertos n conseguían ni aún así

despedazarlo.

Le serraron por fin los hombros y caderas

y así se separó el primer brazo, y luego el otro,

y él todavía miraba lo que hacían con él

y se volvía hacia nosotros

y gritó mucho para que lo escucháramos.

y cuando le arrancaron primero una pierna y luego otra

aún él estaba vivo; su voz era más débil.

Al final ya no era más que un tronco palpitante

y una cabeza muerta;

y con un estertor miraba el crucifijo

que le tendia el confesor.

(Al fondo, se eleva, en sordina, una letanía)

Aquello era una fiesta que hace palidecer

a todas las fiestas actuales.

nuestra inquisición tiene ya poco encanto;

y eso que está en mantillas; a los crímenes nuestros

les falta gracia desde el momento en que ellos forman parte

del orden para el día.

Condenados sin ninguna pasión;

ya no hay bellas muertes individuales

dadas en espectáculo;

sólo queda una rutina mortal, anónima,

por la que pueden ser pasados pueblos enteros

con un cálculo frío

hasta el día, por fin, en que toda la vida sea liquidada.

Marat.-

Ciudadano Marqués:

tú te has sentado, es cierto, en nuestros tribunales

y participaste en el asalto a las prisiones en septiembre,

pero en ti es el viejo aristócrata el que habla

y lo que tú llamas la indiferencia de la Naturaleza

es tu pasividad.

Sade.-

La piedad, Marat,

es patrimonio de los privilegiados.

Cuando la piedad se inclina para dar la limosna,

sólo siente desprecio;

y finge conmoverse para exaltar de ese modo su riqueza;

y la limosna, para el mendigo,

no es más que una patada en el trasero.

(Un acorde de laúd)

Así pues, Marat, nada de tener sentimientos mezquinos;

yo sé que tu objetivo es otro;

para ti y para mi

sólo existen los límites de lo extremo o más allá de todo límite.

Marat.-

Caso de ser extremos, como dices, los míos

serían muy distintos de los tuyos.

Al silencio de la Naturaleza,

opongo yo mi acción.

En la indiferencia universal

hago surgir un sentido. En vez de ser

un apático testigo, yo intervengo

y digo que hay cosas que son falsas

y trabajo por corregirlas, por cambiarlas hoy mismo.

Lo que se necesita

es alzarse de tierra por los pelos;

es volverse al revés como los guantes

y mirar, y mirar con ojos nuevos todo.

[…]