Mi primer libro, Vida Posthumana: Filosofía al Borde de lo Humano, dejó varios problemas filosóficos sin resolver, sobre todo el impasse ético expresado concisamente en la reseña de Amy Ireland de mi nuevo libro, Snuff Memories: «Lo posthumano no puede conocerse antes de ser producido; así que, para conocerlo, debemos producirlo».
De forma un poco menos concisa, la decisión de convertirse en posthumano o no es constitutivamente arracional, ya que la situación ideal para tomar una decisión (informada) supone que la decisión ya se ha tomado (y que hemos creado algunos posthumanos o nos hemos convertido en posthumanos).
La justificación de la afirmación de la arracionalidad surge de la metodología del Posthumanismo Desencadenado, explorada en Vida Posthumana y en ensayos posteriores. Cómo podemos reconocer, una epistemología posthumanista especulativa cuestiona el privilegio epistémico que las filosofías occidentales a menudo han otorgado a la subjetividad y el pensamiento humanos. Para el posthumanista, al igual que para el naturalista metodológico, no puede haber un privilegio seguro asociado a las afirmaciones en primera persona sobre la estructura de la Conciencia, el Tiempo, la Encarnación y la Intencionalidad, ni a los supuestos idealistas sobre la correlación entre el Pensamiento y el Ser.
De ello se desprende que no puede haber una comprensión segura a priori del alcance de la agencia o la vida posthumana. Lo posthumano no es una experiencia, sino una opacidad generalizada u oscuridad fenomenológica – no sólo con respecto a nuestros deseos, experiencias o pensamiento u agencia, sino a propos (a propósito) de los campos del deseo, el pensamiento y la agencia. Como le planteé a Bogna Konior en una entrevista reciente para la revista Oraxiom: «No se trata simplemente de que actuemos sin tener acceso inmediato a la acción, sino de que el espacio mismo de esa mediación (interpretación) tampoco nos es dado, y es muy posible que nos sea ajeno». El tema del posthumanismo, por lo tanto, elude su texto, del mismo modo que el deseo de escribirlo elude la reflexión. Esto aplica tanto si consideramos lo Posthumano como una descripción de nuestra condición o «momento» cultural u ontológico, como si lo consideramos «especulativamente» como una hipótesis metafísica sobre poderosos agentes no humanos producidos técnicamente, como fue el caso de Vida Posthumana.
Siguiendo esta trayectoria posthumanista «oscura» que pre-vacía la Decisión de forma nocional al eliminar las restricciones que «vicularían» la subjetividad a alguna forma u ontología trascendental, ya sea la subjetividad encarnada de la fenomenología, una idea vitalista de la vida o una concepción racionalista del sujeto como agente que navega en el espacio social de las razones.
El posthumanismo desvinculado, por lo tanto, carece de un modelo de experiencia familiar en la estética tradicional. La estética no es perceptible dentro del discurso desvinculado porque las explicaciones tradicionales de la subjetividad o la encarnación están suspendidas. El posthumanismo explora la subjetividad a través de la performance, mutando y experimentando con biomorfos, en lugar de por inferencia o dialéctica. El posthumanismo, por tanto, establece un compromiso pre-vacío, irracional, xenofílico y alienante con nuestro desarraigo.
Sin embargo, a pesar de desvincularse, este deseo no afirmativo recorre un cuerpo fantasmal y biomórfico, un cuerpo de muñeca cómplice —como los de los fetichistas de los accidentes de Ballard— de su propio desmembramiento. El cuerpo persiste, pero como un recuerdo o un diagrama, más que como una plenitud vital.
Una sublime crueldad contraataca como una serpiente mientras celebra a su amante ardiendo vivo en un campo. Más allá de la vida, la no-vida amarilla florece en el océano sembrado por los barcos negros. Piensen en el cuerpo desabrochado por insurgentes burgueses, rebanado desde el pubis hasta el esternón; con una mínima compra ética y otras responsabilidades delegadas. Una figura esquelética o una muñeca de alambre operativa es todo lo que queda. Haremos lo que sea para no detenernos, especialmente cuando descubrimos que siempre fuimos impersonales y laberínticos, autocatalizadores y vastos.1
Snuff Memories, podría calificarse como una novela de erotismo especulativo, efectúa este deseo sustractivo, un deseo, sin embargo, distendido por el magnetismo omnipresente de las cosas por venir y sus reiteradas catástrofes: no sólo la muerte personal, sino también la muerte ecológica, la muerte del Sol y (prolongando este motivo platónico) de toda la Trascendencia Solar.
Este libro es un montaje de textos, géneros y perspectivas, que alternan entre el erotismo sustractivo de los cuerpos biomórficos impulsados por la muerte y la red desindividualizadora de todos los «poderes morales» alienantes que acechan su antiguo y demoníaco Cosmos (tecnológico, alienígena, teológico). Konior lo resume mejor que yo en su sinopsis de portada:
Desvelándose como un cuadro de dioses antiguos y orgías mortales, donde «el universo se compone de mónadas sin ventanas, cada una encerrada y gritando», esta evocadora novela se podría definir mejor como una instalación teórica. Cada fragmento documenta una forma erótica de perder la humanidad; esta es una colección de visiones en miniatura, pesadillescas pero utópicas, de sexo, muerte, transformación y dolor, donde los cuerpos humanos se expanden más allá de su capacidad hacia reinos míticos.
Es un hecho que la muerte y el dolor son lo que sus personajes anhelan en última instancia, así como la xenofilia es el presupuesto libidinal de cualquier posthumanismo. Ni ellos ni yo damos explicaciones ni nos disculpamos por ello. Su narrador, un Piloto del Tiempo Wellsiano hermafrodita, se dirige a su principal operador político, el Cabalista, diciendo: «Como tú, moriría, pero no puedo. No de una manera que te satisfaga».
Más adelante, recuerda su proyecto distópico: «Nos dijiste que el sol se estrangularía con o sin nuestra ayuda. Pero, no importa, ayudemos».
Snuff Memories claramente no resuelve el impasse ético del Posthumanismo Especulativo con el que comencé. Para ampliar la formulación anterior de Ireland:
Lo posthumano no puede conocerse antes de ser producido; por lo tanto, para conocerlo, debemos producirlo. Y hasta que nos dejemos llevar por estas fuerzas desorientadoras —despiadadas, asesinas, eróticas quizás—, tenemos literatura.
La literatura no consuela ni resuelve lo real; lo exacerba y lo traduce. Sin duda, se podría considerar el Snuff Memories como un romance hipersticional, que funciona como una especie de protección o apotropaico contra las fuerzas que invoca, pero en este caso no se puede evitar la complicidad, o, espero, cierto placer febril.
- Roden, D. 2021. Snuff Memories, Schism[2] Press. ↩︎

